El embarazo suele pintarse como una espera de paz, pero para mí, fue una travesía de resistencia. Fue aprender a amar en medio de la incertidumbre, entregando cada miedo a Dios mientras mi cuerpo libraba sus propias batallas. Hoy quiero compartirles los tres momentos donde el temor intentó ganarme la partida, y cómo la fe me mantuvo en pie.
El primer susurro del miedo
Todo comenzó apenas supe que venías en camino. En esa primera semana, el mundo se detuvo con un sangrado inesperado. "Amenaza de aborto", dijeron. En esos días de reposo forzado, mi mente era un hervidero de preguntas: ¿Por qué ahora? ¿Qué pasará si...? El silencio de la habitación era pesado, pero en ese vacío, decidí soltar el control. Entregué tu salud a Dios y, poco a poco, ese primer obstáculo quedó atrás.
El susto que me robó el aliento
La segunda prueba llegó tras unos días de descanso. Apenas regresaba de vacaciones cuando un sangrado fuerte, repentino y violento, me mandó corriendo al baño de un centro médico. Sentí que el corazón se me salía del pecho. Recuerdo las caras de las jóvenes en recepción, la prisa de la doctora y un término que en ese momento no lograba comprender: placenta previa.
Me ingresaron cuatro días. Cuatro días de aislamiento donde la incertidumbre era mi única compañía. Lloraba a solas, sintiendo el peso de una culpa injusta: ¿Habrán sido las vacaciones? ¿Hice algo mal? Ver el progreso "en reserva" alimentaba mi ansiedad, pero una vez más, la vida se abrió paso y logramos superar esa segunda recaída.
El último adversario: La traición del cuerpo
Cuando pensaba que el camino se despejaba, apareció la presión arterial en la semana 33. Lo que empezó con una pastilla se convirtió en un cóctel de tres medicamentos diferentes para la semana 36. Pero mi cuerpo ya no podía más. En la semana 37, la preeclampsia severa nos obligó a una cesárea de emergencia.
Esos fueron los "traidores" de mi embarazo. Momentos donde el miedo a perderte era casi imposible de alejar, pero donde la mano de Dios nunca nos soltó. Al final, cada lágrima y cada monitoreo valieron la pena por el milagro que hoy tengo en mis brazos.

Es muy difícil cuando pasamos por momentos de tensión, incertidumbre y de inseguridad durante esta etapa tan linda; solos nos queda confiar el Dios y seguir las instrucciones de los medico. Todo esto pasa el día en que al fin tienes tu bebe en tus brazos y saber que todo valió la pena.
ResponderEliminarAsí mismo es. Un proceso de mucho aprendizaje y de soltar el control para confiar en Dios. Verla hoy conmigo me recuerda que cada segundo de tensión valió la pena. ¡Gracias por tus palabras, me llegaron al corazón!
EliminarWaaaoooo, muy profundo..
ResponderEliminar¡Salió del alma! Gracias por leerlo.
EliminarLissette eres una luchadora y en esos momentos nos muestra de que somos capaces. Gracias a Dios hoy Lyna está aquí con nosotros.
ResponderEliminarGracias por compartir tu historia
Wao Lissette leyendo tu experiencia y ver cuán difícil fue para ti, por todo lo que pasaste; pero gracias a Dios tanto tu como tu bebé están bien. Dios es tan misericordioso 🙏🙏
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