Hoy miro a mi bebé y veo a una niña hermosa, llena de vida y felicidad. Pero para llegar a este presente de colores, tuve que atravesar los siete días más terribles de mi existencia . Fueron días donde mis ojos no distinguían matices; todo era una escala gris de incertidumbre, donde el tiempo parecía haberse detenido en una espera que me consumía el alma. Todo comenzó tras aquella cesárea a las 37 semanas. La preeclampsia me obligó a permanecer conectada a medicamentos, lejos de mi bebé desde el primer segundo . Recuerdo el despertar confuso y la espera eterna en la habitación. "Hay que esperar a la doctora", decían, mientras las horas se diluían entre el efecto de la anestesia y el silencio de un cuarto donde faltaba el sonido más importante. Al tercer día, la noticia me golpeó: La bebé presentaba un cuadro respiratorio complicado por la inmadurez de sus pulmones, se queda en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatal (UCIN). Recibir el alta médica el cuarto día...
¡Hola, soy Lissette! ¡Bienvenidas a este rincón de desahogo y aprendizaje! No soy una experta en crianza, ni tengo todas las respuestas, pero sí tengo una historia que contar. "Cuaderno digital de maternidad real"